Esta mañana, tras la clase de yoga, cogí otro autobús local y, a pesar del mal estado general de los autobuses, todos me han dejado en el destino. Claro que la ayuda divina echa una mano y este conductor no se anduvo con bromas: puso un crucifijo en el parabrisas y hasta un sapo. Este incluso tenía altavoces a todo trapo con los hits latinos durante el viaje.

Ya en el destino, me fui a ver el pequeño Museo Maya y sitio arqueológico de San Miguelito, donde vi algunos artefactos usados por los mayas, como las esculturas en forma de caretas que no eran más que incensarios para los rituales a los dioses, y una mini pirámide que está llena de iguanas alrededor.

Como estaba cerca y el calor apretaba, me acerqué a “La Isla”, una especie de centro comercial al aire libre con varias experiencias, como la noria, acuario, casinos, cine. También tenía una marina con vistas a la laguna Nichupté, en la que no conviene bañarse por ser el hogar de algunos cocodrilos. Pero es el lugar perfecto para ver la puesta de sol.

Por la tarde tocó playa y darme el primer chapuzón en la Playa Marilyn, y qué tarde. Estaba yo en el agua disfrutando de las olas, que estaban bastante revueltas, cuando un joven y una mujer que hacía un momento estaban a mi lado se habían alejado y empezaron a pedir ayuda: habían avanzado demasiado y el mar no los dejaba volver. Fui de los primeros en verlo y empecé a gesticular y a venir hacia la arena y a llamar al socorrista para que viniera a ayudar. Toda la playa se quedó parada mirando la escena... Hasta el socorrista... Qué lentos para reaccionar. Tuve que lanzarme yo otra vez al agua y logré llegar hasta la mujer, que entretanto había conseguido nadar un poco de vuelta a la playa y me dijo que estaba bien, y regresé con ella a la arena.

Entretanto llegaron 2 socorristas que pasaron por nuestro lado y fueron a buscar al joven que estaba más lejos y tuvieron que dar una vuelta más grande para poder salir del agua, porque por esa zona no lo lograban. Afortunadamente todo salió bien y llegaron todos sanos y salvos a tierra y hasta hubo aplausos. El socorrista, después de volver a la torre de vigilancia y hacer el informe de lo sucedido, fue a cobrar el servicio y anduvo por la playa pidiendo unas monedas con la taza del café, y consiguió unos cuantos cambios de los bañistas que andaban por allí. Eso sí, se olvidó de darme mi parte.

Yo ya estaba apalancado en la toalla cogiendo color y recuperando energías y acabé echando un sueñecito. Cuando abrí los ojos, el cielo tenía unas nubes muy oscuras, pero la gente seguía en la playa como si nada. Yo vi enseguida que venía un buen chaparrón, recogí la bolsa y salí pitando a coger el autobús.

Parezco brujo: subo al autobús y no pasa 1 minuto cuando cae una buena lluvia tropical, de esas fuertes, que duró casi todo el viaje en autobús y que pilló a casi todo el mundo desprevenido. En las siguientes paradas subían al autobús pollitos empapados y yo bien secuito. Cuando llegué al destino, la lluvia ya había parado y yo pensando que el día iba bien y que andaba con suerte, como casi siempre pasa.

Bueno, fue solo hasta llegar al hostel y mirarme la muñeca y ver que me faltaba la pulsera con la llave magnética de mi habitación. Debí de perderla en el agua durante la misión de rescate. Tuve que pedir otra en la recepción y pagar 100 pesos (5 €).

La cena del 2.º día fue en la Feria del “Tamal” (“Ta mal”), una fiesta local para quien también “Está bien”. Allí comí unos tacos al pastor y, de postre, una marquesita Turbio, una galleta rellena de chocolate, queso Philadelphia, fresas y nueces, hecha al momento.

No me atreví con el otro postre, que también tenía mucha salida: una mazorca de maíz, sin el maíz, mojada en mayonesa y envuelta en trocitos de queso de bola. Aunque me gusta probar cosas, no quise estropear la noche con este aperitivo local y tener que salir corriendo a buscar un baño en medio de una fiesta callejera. Otra curiosidad de la fiesta fue una tienda que vendía huchas de yeso blanco que los locales compraban y luego se sentaban a pintar, y el “one man show”, que ponía música a los presentes en la fiesta.

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