Anoche decidimos cada uno salir a horas distintas y caminar solo durante un día. Así que quedamos en que yo empezaba el camino a Vigo a las 8. João salió a las 7, que anda con ampollas y va más despacio, y Natalie salió después de mí, a las 8:30.

Así, por la mañana cada uno fue saliendo a la hora prevista. Faltaban 15 min para las 10 cuando hice la primera parada en un mirador, disfrutando de la vista hacia la Playa de Samil.

Estaba yo sentado comiéndome una manzana y un sándwich de queso, jamón york y huevo que había preparado cuando pasa a mi lado Benilde, de Suiza, a quien conocí ayer en la comida y que me dice que João venía unos metros detrás de ella. Y así fue: enseguida João se cruzó conmigo y me dijo que había parado a tomar un café y luego siguió su camino solo, como habíamos acordado.

Yo me quedé acabando mi merienda y después bajé del mirador en dirección a la playa. Cuando llegué abajo, a la Playa de Samil, fui directo al agua a mojarme los pies y caminar un poco con los pies dentro del agua para refrescarlos, y qué bien me sentó.

Luego empecé a oír el sonido de coches funcionando y fui a ver qué era y me quedé mirando una carrera de coches de radiocontrol justo allí al lado. Los coches van a una velocidad de locos y todavía vi algunas salidas de pista.

Después seguí hasta el centro de Vigo y por el camino cumplí el ritual de la piedra y di 3 vueltas a la iglesia de San Miguel de Bouzas.

Al llegar al albergue de Vigo, que es moderno y costó solo 8 €, ya estaban allí João y Natalie y empezaron los reencuentros con otros peregrinos que conocí en los días anteriores.

Algunos decidieron subir conmigo al Parque Monte do Castro y por el camino paramos en una terraza a beber una cerveza y comer un helado. Al llegar arriba pudimos ver lo que queda de la muralla del castillo y todavía hubo tiempo para una pequeña siesta tumbados en el césped.

Luego volvimos al albergue para descansar un poco pero me tocó la tarea de enfermero, tantas eran las peregrinas con ampollas en los pies, entre ellas la rusa Daria, que era la que tenía los pies en peor estado y que pasó a unirse a nuestro grupo. Hubo cola en la consulta y me harté de clavar agujas y dejar hilos en los pies de las peregrinas.

Después de terminar mi trabajo de enfermero fuimos 6 a cenar a la Taberna A Pedra, donde comí calamares a la plancha, con patatas y ensalada, y una cerveza. De postre compartimos una cheesecake, tarta de chocolate y la tarta de almendra de Santiago. Todo eso por 23 €.

A la vuelta al albergue, con el frío haciéndose notar, empezamos a ponernos la ropa unos de otros para regresar, y qué apañado quedé con la chaqueta y las gafas de Natalie.

Ahora toca ir a descansar, que mañana antes de las 8 todos los peregrinos deben salir del albergue.

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