Salí de casa con el plan del viaje bien definido y ya en la primera etapa todo salió al revés de lo previsto.

La salida de la Catedral de Oporto fue como estaba previsto, a las 7 de la mañana, lo que hacía presagiar una primera etapa tranquila para mí y para João.

Nada más salir se fue formando un grupo de peregrinos que estaban en la Catedral y empezamos a caminar juntos hasta la primera parada en Matosinhos, donde algunos pararon a desayunar.

Luego cruzamos el puente hasta Leça da Palmeira, donde me pusieron mi primer sello y cumplí el primero de los tres rituales de este día, con las 3 vueltas a la capilla de Boa Nova con una piedra en la mano que después se dejaba allí en representación de un pecado. Hoy ya he dejado 3 pecados por el camino.

Aunque ya iba acumulando otros con las tentaciones que iban apareciendo por el camino.

Por el camino aún hice una parada para remojar los pies en el agua del mar, y qué bien sentó.

Ya eran las 13 h y faltaban 3 km para llegar al albergue de Vila Chã, donde había planeado pasar la primera noche, cuando decidí parar a comer.

Contaba con el plato del día, pero a esa hora ya estaba agotado, así que tuve que conformarme con una segunda opción, espaguetis a la carbonara, que fui comiendo despacito, en una parada de 2 horas en la que la pereza se apoderó de mí.

Resultado... Cuando llegué al albergue de Vila Chã, estaba lleno, lo que me obligó a andar 8 km más hasta Vila do Conde.

En ese albergue se quedó Mariola, de Suecia, a quien conocí en el camino y que no había parado a comer, y a la que le había dado una credencial de peregrino que me sobraba porque todavía no tenía una.

El recorrido fue a lo largo de la costa por pasarelas de madera. En algunas partes la pasarela ya había desaparecido, se la había llevado el mar, en otras estaba escondida bajo la arena de las dunas y en otras había que andar con cuidado para evitar agujeros y tablas sueltas.

Por si fuera poco, el viento soplaba fuerte y levantaba la arena en el aire, casi parecía que estaba perdido en una tormenta de arena en el desierto.

Por fin llegué a Vila do Conde y, después de probar suerte todavía en el albergue juvenil, que estaba lleno, me acerqué al albergue de peregrinos, que también estaba lleno.

Solo les quedaba la «penthouse» en la última planta, con paredes acristaladas, vistas de 360 y terraza... Habría estado bien, ¿verdad?, pero no pudo ser.

Las señoras de la recepción me encontraron un colchón que subí cargando por las escaleras y fui a instalarme en el suelo del comedor.

Después de ducharme, salí a cenar con João y mi amigo Acácio, que vino a hacernos una visita: la «Badalhoca», un sándwich de alheira y huevo, y una samosa extra picante que parecía echar llamas y que solo el vino espadal consiguió contener para que el fuego no se propagara.

Pero para asegurarme de que el fuego quedaba bien apagado, me pasé por el «Bar Encanas» a beber una litrona de cerveza para dormir más tranquilo.

Ahora ya estoy listo para ir a descansar, que mañana tengo que madrugar para llegar pronto al albergue y no pasar por lo mismo que hoy. Ya aprendí la lección 😁

Lo bueno es que el despertador natural me va a despertar pronto: no tengo persianas en la penthouse y la luz del día me va a sacar de la cama temprano.

Pensaba dejar el saco de dormir en casa, creyendo que no lo iba a necesitar, y al final hizo falta ya la primera noche.

En cuanto a los pies, hoy quedaron un poco machacados con la caminata de 35 km, pero todavía están pegados a las piernas, veremos mañana.

Así empezó mi aventura, con un primer día por todo lo alto.

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