Hoy salí del albergue de Vila do Conde rumbo al albergue de Marinhas, en Esposende, a las 6:30 de la mañana, y tenía por delante 27 km.

Hoy no quería arriesgarme a quedarme otra vez a las puertas de los albergues por estar llenos. No se puede reservar plaza, las plazas se asignan por orden de llegada a partir de las 14 h.

El camino fue por la costa y nada más llegar a Póvoa de Varzim me encontré con Natalie, de Alemania, que nos acompañó durante esta etapa.

Hablando, Natalie me preguntó dónde había conseguido la concha, ella no llevaba ninguna y por eso decidí regalarle una de las mías.

El día anterior ya le había regalado una credencial de peregrino que me sobraba a Mariola, de Suecia, que se había olvidado de comprarla.

El camino fue a lo largo de la costa y, después de pasar Póvoa de Varzim, fueron largos km en los que vimos poco más que dunas y molinos, campos de golf y campos agrícolas.

Al llegar a Apúlia, hicimos una parada para descansar y tomar algo en una terraza a la orilla del mar y conseguir el primer sello del día.

Luego seguimos hasta cruzar el río Cávado, para conseguir un 2.º sello en la credencial, ya al comienzo de Esposende, en una tienda de recuerdos a la salida del puente.

Ya eran las 12:30 y todavía quedaban unos 5 km hasta el albergue. La última hora costó bastante, pero lo conseguimos y llegamos al albergue cuando faltaban 15 min para que abriera y solo teníamos a 3 personas delante. La misión estaba cumplida y la noche en el albergue asegurada.

Después de instalarnos y darnos una ducha, fuimos al supermercado a comprar algo de comer y beber y nos fuimos a la playa de Cepães a aprovechar la tarde.

Estaba yo paseando por la orilla del mar, mojándome los pies, cuando veo a 2 perros de gran tamaño (1 pastor alemán y 1 dóberman) venir a la carrera desenfrenada hacia mí, con el dueño más atrás corriendo detrás de ellos.

La primera reacción fue meter la mano en el bolsillo para sacar el móvil y meterme en el agua antes de que los perros llegaran hasta mí.

Por suerte todo salió bien y ninguno de los perros me enseñó los dientes, aunque se lanzaron al agua junto a mí y me olfatearon. Al final el dueño consiguió llamarlos y yo pude salir del agua sano y salvo.

Bien que me habían dicho que llevara un bastón para el camino, que si no servía para otra cosa podía servir para ahuyentar a algún perro que apareciera en mi camino.

Después volví al hotel ya al caer la tarde para darme una ducha y prepararme para ir a cenar al centro de Esposende, al restaurante Papa Fina, donde se nos unió a los tres Cláudia.

Otra etapa cumplida sin grandes daños en los pies. Mañana voy hasta Viana do Castelo.

Leer el diario completo