El viernes 10 me levanté temprano para ir a Cobá a dar una vuelta y llegué a la parada del colectivo que iba a la zona arqueológica de Cobá (entrada 100 pesos). Eran las 8:30, pero al llegar el conductor me dijo que era temprano y que solo debía salir hacia las 9:30, cuando tuviera un mínimo de 8 personas, y que el viaje eran 80 pesos.

Decidí ir a tomar un cappuccino, 70 pesos, en la terraza de un café de al lado, desde donde tenía vista al bus. Ya pasaban de las 9 h y vi que ya éramos 6 personas para el bus. Volví junto al conductor y le pregunté si ya podíamos irnos, pero dijo que aún necesitaba 2 personas, pero negocié con él y con los demás y aceptaron, en vez de pagar 80, dar 100 pesos, 1 € más, y arrancamos enseguida y así fue.

En el camino nos fuimos presentando y había 2 amigas italianas, una pareja (él francés y ella portuguesa, de Baião) y una polaca llamada Marta, que también viajaba sola. Al llegar al destino las italianas siguieron solas y nos quedamos los otros 4 juntos.

Ya dentro de la zona arqueológica, y después de andar por allí, la pareja francesa decidió alquilar unas bicicletas para acabar de ver el sitio, y quedamos en encontrarnos a la salida, en la recepción. Pero justo en la pirámide siguiente nos cruzamos con los franceses, que llegaron algún tiempo después que nosotros. Los franceses habían alquilado la bicicleta para dar la vuelta al sitio arqueológico, pero no era nada necesario. Los mexicanos, para justificar el alquiler, hicieron caminos propios solo para las bicicletas, en los que les hacían dar una gran vuelta, cuando en realidad los lugares que había que visitar estaban todos cerca unos de otros. Cuando llegaron a donde estábamos nosotros fue para reírse cuando nos contaron la gran vuelta que dieron sin ver nada, y yo todavía les pregunté si habían pagado el aparcamiento donde tuvieron que dejar la bicicleta para venir a ver la pirámide.

Allí dentro, entre otras cosas, vi 2 pirámides que estaban lado a lado con un círculo en lo alto de cada una, que se usaban para un juego con pelota del que poco se sabe.

Después de terminar la visita e ir a la recepción con Marta, nos quedamos esperando a la pareja francesa, pero no aparecían nunca. Marta y yo ya estábamos inventando historias y riéndonos de lo que podría haberles pasado. Tal vez habían pinchado una rueda de la bicicleta o habrían tenido algún accidente en el que tuvieron que quedarse dentro haciendo el papeleo del seguro.

Como no podíamos volver a entrar y como no encontramos a los franceses, decidimos ir los 2 a un cenote que había allí en la zona y que nos dijeron que estaba a unos 2/3 km, pero que era mejor ir en bicicleta, y así fue, alquilamos la bicicleta por 80 pesos y nos fuimos a la aventura. Pasados unos 500 metros vimos un cartel que decía Cenote Choo Ha 5 km y nos empezamos a reír. Esta vez había sido al contrario, nos dijeron que estaba cerca pero al final estaba más lejos, pero ahí fuimos y, tras unos 20/25 min de pedaladas bajo un calor intenso y algunas cuestas, en unas bicicletas viejas, pesadas y sin marchas, llegamos al cenote.

Desde fuera solo se veía una pequeña abertura, el cenote estaba a unos 20 metros bajo tierra, y teníamos que bajar unas escaleras de madera hasta allí. En esta zona sur de México hay más de 20 mil cenotes de agua dulce, todos conectados entre ellos.

Marta venía con una bolsa preparada para ir al agua, con bikini, toalla y chanclas. Yo estaba con lo puesto, había venido solo a dar un paseo y ver las ruinas, así que una vez más me metí en el agua en calzoncillos y qué bien sentó, después del viaje en bicicleta, darse un chapuzón en aquella agua fresquita.

Después de disfrutar del cenote y de sacar las fotos de rigor, volvimos a Cobá. En el viaje de vuelta aproveché para poner los calzoncillos a secar en la cesta de la bicicleta y Marta ya me preguntaba cuánto tiempo íbamos a quedarnos esperando el bus para volver a Tulum y yo le respondí que solía tener suerte y que íbamos a llegar allí y coger enseguida el bus de vuelta.

Al llegar a la recepción en la zona arqueológica, donde habíamos alquilado las bicicletas y dejado el recado para que se lo dieran a los franceses cuando los vieran pasar, devolvimos las bicicletas y preguntamos por los franceses, pero seguían desaparecidos. Nosotros fuimos a buscar el bus colectivo para volver a Tulum, ya contando con que podíamos llevarnos otro plantón para regresar, pero no.

Estaba yo en una tienda preguntando cuándo pasaba el próximo colectivo y la mujer diciendo que acababa de salir uno y, entre el ir y venir a Tulum y las esperas para llenar el bus, solo dentro de 2/3 h debíamos tener el próximo bus colectivo de vuelta y bueno, a esperar. Cuando de repente pasa a mi espalda un autobús de 50 plazas y la mujer me dice: “ese también va a Tulum”. Salí disparado y fui gesticulando detrás del autobús y él me vio y paró y Marta y yo volvimos a Tulum.

Al llegar a Tulum el autobús paró frente a la Taqueria Maya, donde había almorzado el día anterior, e invité a Marta a almorzar allí, ya eran las 4 de la tarde y estábamos los dos muertos de hambre. Después pasamos por mi hostel, que estaba cerca, a buscar mi bolsa con la toalla y el bañador y nos fuimos a la playa de la zona hotelera, la zona cara de la ciudad, donde estuvimos hasta el final del día recuperando energías de la larga aventura antes de que cada uno siguiera su camino.

Por la noche, ya hacia las 21:30, acababa de darme una ducha y estaba terminando de recoger la bolsa para seguir viaje al día siguiente a Bacalar, cuando me llama Lorena, la chica de la recepción del museo, para preguntarme cómo había sido mi día y por dónde andaba. Le dije que estaba en el hostel y que iba a salir a cenar. Ella había salido hacía poco del trabajo y me preguntó si quería ir a cenar con ella y que estaba en coche y me iba a recoger. Coincidencia: su casa estaba a la vuelta de la esquina, 2 calles más abajo de mi hostel, y, al llegar, me preguntó si quería ir a su casa a comer Bacalao a la Vizcaína. Empecé a reírme y dije: viene un portugués a México a comer Bacalao. Acepté la invitación y nos fuimos a cenar los dos y a continuar nuestra conversación, que había sido muy agradable el día anterior en el museo.

El Bacalao a la Vizcaína se desmenuza y se fríe y lleva colorado y picante, aceituna y pimiento.

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