El jueves, después de una buena noche de sueño, un récord de 6 h, fui a desayunar tranquilo en uno de los balcones del hostel con vistas a la plaza central. Después fui a coger el colectivo hasta Izamal, la ciudad amarilla, con su Convento de San Antonio de Padua y la Pirámide Kinich Kak Moo.

De vuelta en Mérida, di un paseo por el mercado local, donde acabé almorzando. También vi cómo se hacían los tacos, que se hacen a base de maíz y que son el pan local, los mexicanos no saben comer sin sus tacos. 1 kg de tacos cuesta 24 pesos, unos 1,20 €.

A las 16 h asistí, desde el balcón de la cafetería de mi hostel, al desfile de Carnaval infantil que empezaba en la plaza central y terminaba en el parque Santa Ana.

A las 18 h fui al teatro en el Centro Cultural de Mérida, donde estaban expuestas unas obras del francés Matisse. También fui a ver una obra de teatro/comedia sobre el Carnaval.

La historia gira en torno al presidente de la ciudad, que también es presidente de la comisión de fiestas y presidente de varias otras cosas. La obra gira en torno a la fiesta y, en la reunión de preparación, hay varios representantes de varios organismos de la ciudad y hay mucha discusión, pero al final decide el presidente que, para evitar disturbios y harto de reclamaciones, prohíbe la venta de cerveza durante los festejos. Para minimizar las protestas promete llevar y ofrecer a todos gratis una bebida. Así, el día de la fiesta el presidente aparece con la olla enorme de la bebida y todos empiezan a beber. Resulta que el presidente, harto de tantas reclamaciones, decidió poner un laxante en la bebida y, durante los festejos y bailes, empiezan a oírse algunos “cohetes” y los representantes locales empiezan uno a uno a salir de escena con dolor de barriga y apurados por ir al baño.

A las 21 h fui al parque Santa Lucía a escuchar la típica Serenata Yucateca, con más de 57 años de historia. Hoy fue el espectáculo 2835 con Serenata. Hubo también un tenor, zapateado con una bandeja llena de vasos y botellas en la cabeza, poemas y bombas.

Las bombas las pide el público, que dice “bomba”, y entonces el presentador cuenta una especie de piropo, una frase pícara con doble sentido.

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