El lunes tocó salir temprano de Cancún en dirección a Playa del Carmen en un viaje de 1 h en colectivo, una furgoneta de 9 plazas transformada para llevar a 16 personas y que tiene, donde iría el freno de mano, una palanca para cerrar la puerta del lado de los pasajeros.

Al llegar a la terminal de bus, no me resistí a un cubo de fruta, con yogur, frutos secos y regado con miel, un buen tónico para la caminata hasta el hostel. Ya en el hostel dejé la mochila y empecé la aventura por Playa del Carmen.

Hice una caminata por la 5.ª Avenida, la calle donde todo sucede, tiendas de recuerdos, restaurantes, bares, minimercados.

Después de pasar por la zona concurrida, decidí seguir la caminata por la 5.ª Avenida y pasear por una zona donde viven algunos locales, con muchas casas sin terminar, con muchos grafitis en los muros e incluso casas con alambre de púas. Todavía me crucé por el camino con un grupo sentado en la calle escuchando unos raps latinos... En fin, una zona sospechosa y por eso no me paré mucho por allí y seguí mi camino.

Mi destino era llegar a la Playa 88, a la Playa Paraíso y a Punta Esmeralda, una playa con muy poca gente, con vegetación frente al mar pero sin los hoteles que casi entran playa adentro en el centro. La playa con poca gente tenía todas las comodidades necesarias e incluso palapas (tumbonas) gratuitas.

El regreso hasta Playa del Carmen lo hice por la playa, pero hubo 3 sitios en los que tuve que meterme en el agua para poder pasar, de lo cerca que están los hoteles del agua y algunos ya con destrozos hechos por el agua, que un día de estos vendrá a buscar el espacio que le quieren quitar. Pero llegué, y el movimiento en Playa del Carmen, en la zona central, era completamente distinto: la playa estaba llena y con muchos vendedores ambulantes vendiendo de todo un poco.

Todavía paré a un vendedor para comer unas ostras con limón y unas salsas locales picantes. El vendedor tardó más en prepararlas que yo en comérmelas, al final tenía los labios ardiendo y tuve que ir a mojármelos en el mar.

En la playa también andaban cantantes locales a los que los mexicanos que estaban en la playa les pagaban para que tocaran sus canciones favoritas.

En la plaza frente al mar había una torre a la que subieron unos artistas y desde la que, atados a una cuerda, se lanzaron y, a medida que la cuerda se iba desenrollando, fueron llegando al suelo sanos y salvos. También vi a otros artistas, pero estos bailando con los pies bien en el suelo, aunque pintados de negro y escenificando rituales mayas.

Volví después al hostel, ya de noche y después de la ducha subí al rooftop, donde se estaba dando una clase de bachata, y luego fui a la 5.ª Avenida, donde todo sucede.

Por la noche los bares, aunque en una dimensión más pequeña, también optaban por el mismo estilo de Cancún. Bares abiertos a la calle, con bailarinas y música lo más alta posible, era casi imposible quedarse allí mucho tiempo sin acabar con problemas de oído.

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