Al día siguiente, el martes, fui a visitar el Cenote Casa Tortuga. El viaje empezó enseguida con contratiempos cuando el conductor del transporte local no entendió bien adónde quería ir y me dijo que me bajara en una parada antes de mi destino. Sin otra solución me quedé allí a pie hasta encontrar otro transporte, pero pasados 15 minutos apareció otra furgoneta que me llevó a mi destino con un coste extra de 50 pesos.

El cenote está en medio de un bosque por el que pasa un río que en algunas zonas está a cielo abierto y en otras pasa por debajo de tierra. Tuve derecho a visita guiada por los distintos cenotes del parque y la oportunidad de entrar en 2 de estas grutas, una de ellas con el techo en algunas zonas a menos de 50 cm de mi cabeza y con murciélagos en los techos que se mantuvieron tranquilos mientras yo pasaba.

Todavía me arriesgué y llevé mi móvil en la bolsa especial para el agua que llevaba y todo salió bien. Pero en Filipinas me quedé sin un móvil con esa gracia, cuando la bolsa empezó a dejar entrar agua.

Allí conocí a unos mexicanos y a una pareja, argentino y colombiana, con quienes almorcé en el parque y con quienes pasé el resto de la tarde y que acabaron, al final, por traerme de vuelta a Playa del Carmen.

En la última noche en Playa del Carmen volví a encontrar en el rooftop del hostel a algunos de los viajeros de la noche anterior, con quienes estuve charlando e intercambiando historias del viaje mientras tomábamos unas cervezas.

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